22 de septiembre de 2011. Ginebra, Suiza.
Tocamos en L’ Usine. Éste es un enorme edificio que funciona como centro cultural desde hace más de 20 años. Está ubicado en pleno centro de Ginebra, en uno de los bordes del Lago Leman, y su aspecto saludablemente desaliñado, desentona con los edificios de corporaciones multinacionales que lo rodean. En la entrada del número 4 de las Plaza de los Voluntarios, un gran gato multicolor saluda con un toque de heterodoxia en la puesta en escena del primer mundo.
En L’ Usine nos dimos cuenta de que en el primer mundo hasta el maldito underground tiene infraestructura, por mínima que sea. Quizá es que cuentan con algún tipo de subsidio oficial o civil. Pero el caso es que en el camerino nos esperaba un refrigerador lleno de cervezas, jugos y bebidas rehidratantes, y en una mesa había una vianda con carnes frías, quesos, chocolates, frutas y panes de diversos tipos
Nosotros, acostumbrados a que en México nos cobran las cervezas en casi todos los lugares que tocamos, mirábamos recelosos (y hambrientos y sedientos) el catering (así se le llama en el argot al chupe y la botana del camerino). Entonces preferimos preguntarle a uno de los encargados del lugar si el consumo del chupe y la botana nos lo descontarían de nuestros honorarios de la noche. Se río a carcajadas. Por supuesto que no -nos dijo (o eso quisimos entenderle)-.
Más tardaron en rebanar los jamones de la vianda que en lo que barrimos con ella. Una hora después, nosotros reposábamos tremenda comilona restándole hoyos al cinturón. Cuando nos estábamos auscultando la panza, buscándonos un hueco para el postre, llegó al camerino una chica de ojos verdes y nos dijo: Chicos, bajen por favor al comedor, la cena está lista (¡¿?!).
Aunque en la propaganda nos pintaron con una imagen de charros-festivos-mexicanos, las cosas nos salieron bien durante el concierto de esa noche. Hubo poca gente pero muy ruidosa y desmadrosa. Nos siguieron la corriente desde la primera rola. Todos baile y baile y grite y grite. El idioma -barrera natural- no fue tanto problema porque subimos al escenario a una chica alta que hablaba el español -Laura, se llamaba- para que nos tradujera cosas que creíamos importantes comunicar sin caras ni gestos ni ritmo ni ruido. Esa estrategia la seguimos usando, de vez en vez, durante toda la gira y, finalmente, nos funcionó. Siempre hubo algún voluntario que hablaba o balbuceaba el español que nos traducía cuando queríamos ponernos serios. Al igual que en Vic, en Ginebra nos pidieron una más, cosa que se fue haciendo costumbre en el resto de los conciertos.
Al final de la jornada, Dam -el cuate que nos llevó a tocar a L`Usine- nos invitó a ordeñar una botella de vodka y nos regaló discos de distintos proyectos musicales en los que él ha tenido que ver. Complicado decir cómo nos comunicábamos. Él sólo hablaba francés y nosotros el español y mal mascábamos el inglés.
Hay que decir que en Suiza comenzamos a recuperarnos de los zarpazos de euros que recibimos entre España y Alemania en los primeros días. Por supuesto, aventuras como éstas no se hacen por dinero, pero hay que lidiar con éste a menos de que los ocupas de Wall-Street cumplan con su cometido político y su misión histórica. Si la gasolina fuera gratis, los Puerquerama ya habríamos recorrido el mundo en 80 días. Las cosas pintaban bien.
23 de septiembre de 2011. St. Imier, Suiza.
Según el güiquipedia, St. Imier es un pequeño pueblo de poco más de cuatro mil habitantes, enclavado en la zona de habla francesa de Suiza. El camino de Ginebra a St. Imier está rodeado de montañas con alfombras verdes, y de alfombra en alfmobra se asoman casitas de madera con techos de dos aguas. De entre los pocos momentos de silencio que encontramos durante el viaje, nos percatamos que si uno pone atención en el sonido ambiente de la carretera, podrá percibir el campaneo de los cencerros de las frondosas vacas que mastican las alfombras de la montaña.
Después de poco más de dos horas de recorrido, llegamos a St. Imier. En el corazón de esta aldea de postal de calendario está Espace Noir (Espacio Negro, en español), un centro cultural cuyo nombre tiene que ver, suponemos, con alguna de las historias del anarquismo en esta parte del mundo. Hasta acá nos trajo a tocar nuestro amigo Florian, a quien conocimos en México en una tocada en el Foro Alicia hace ya algunos años. Espace Noir es una amplia casa donde conviven distintos proyectos colectivos: tiene un pequeño café, una librería, una biblioteca y, en el sótano, una pequeña sala de conciertos. Ahí tocamos para la gente del lugar. Igual que en Ginebra: bailadores y desmadrosos.
De repente entre los ruidos que la gente suelta entre rola y rola, se coló un “¡a güevo!” Entonces preguntamos ¿Acaso hay mexicanos aquí? La respuesta fue obvia: ¡a güevo! Ni duda: el mundo es un pañuelo. Tuvimos que llegar a un foro como éste (acondicionado en el sótano de una casa que funciona como centro cultural anarquista de una pequeña población en la montaña verde y francófona de Suiza) para encontrarnos a una pareja de mexicanos. Ambos esposos que han encontrado, por el momento, su destino en uno de estos pueblitos de postal, lejos de las noticias de fuego, dolor y violencia de nuestra querida jungla.
Seguramente poca de su gente recordará de nuestro ruidoso torbellino. Al día siguiente, la vida en esta aldea siguió tal y como lo sugiere su guión: apacible y silenciosa.
24 de septiembre de 2011. Winterthur, Suiza.
El concierto de esta noche fue en Gasthof zum Widder, un café que igual funciona como sala de conciertos. Acá nos trajo Edu, un simpático andaluz que radica en Suiza desde hace años.
El Widder es un lugar con onda. Según entendimos todo funciona ahí con la complicada figura de trabajo colectivo, parece ser que no hay patrones. Esa noche también conocimos a Iván, un chilango de rastas que ahí chambea y que, a su vez, conoce a Gabo, otro de nuestros viejos valedores toluqueños que ahora vive en Viena. Lo dicho: el mundo sigue siendo un pañuelo.
La tocadas de la Suiza francesa estuvieron prendidas, pero la de Winterthur fue la primera que consideramos delirante. Con nuestro ruidero, volamos una parte del sonido del lugar pero, al final, todo salió bien. Tocamos durante dos horas y la gente nos hizo regresar a tocar dos veces más. Cuando hicimos nuestro característico estriptis, surgieron espontáneos que nos siguieron la corriente y entonces el lugar fue un encueradero que nada pedía a una alocada fiesta gay. Si cerramos los ojos y pensamos en una palabra para describir nuestro sentimiento de esa noche, solo hay una: delirio.
El lugar estaba lleno y había muchas chicas lindas. Algunos de los puercos andábamos como perros en taquería pero nadie nos aventó un hueso. Lo más que pudimos ligar fue a un mexicano (¡otro!) que andaba hasta las manitas y que se parecía a Amanda Miguel. Andaba buscando a su Diego Vergader.
En fin, como dijeran esos pendejines que repiten las frases más pendejas que nos presta la televisión mexicana: Tú muy bien Winterthur.
25 de septiembre de 2011. Zürich, Suiza.
Llegamos a la capital mundial de la usura para tocar en un predio ocupado (el día anterior). Ahí nos invitó Felipe, un tipo a toda madre que disimula su acento colombiano con vocablos elementalmente mexicanos: no mames, güey, verga, ni pedo, qué pedo, no hay pedo.
Felipe colabora en Radio Lora ( Paréntesis: 1. Es en serio que así se llama la estación. 2. Se trata de una radio comunitaria de contenido multicultural y que divide su programación por días; otorgándole una jornada a distintas comunidades culturales presentes en Zürich. 3. Los martes son los días para los “latinos”. Música y radio hablada en español… Fin del paréntesis).
Bueno, el caso es que Felipe nos invitó a este toquín que era como una suerte de acto político-cultural (o algo así) para celebrar la ocupación de este espacio abandonado en una ciudad -como todas- presa de la rapiña de la especulación inmobiliaria. Como el espacio había sido ocupado el día anterior, era natural ver a mucha gente chambeando en acondicionar la incipiente comuna. Una chica pintaba un mural, otros acondicionaban una cocina temporal y otros barrían el patio. Entonces, uno de nosotros (no diremos quién) se puso a ayudar en las labores de limpieza, seguramente pensando en tomarse una foto en plena acción y publicarla en su feisbuc. Muy probablemente pensó que (para con sus fans) ésta tendría el mismo efecto de una foto de George Clooney cepillando a las focas bebés que habían sido víctimas de un derrame de crudo en Alaska o a una de Sean Penn poniendo ladrillos en una escuela bolivariana en un suburbio marginal de Caracas. Imaginó entonces la foto y como encabezado: Los marranitos ayudando en las labores de resistencia de los espacios autónomos de primer mundo. No se ha atrevido a ponerla pero cuando lo haga, entonces ya sabrán de quién se trata.
Aquello fue en una bodega acondicionada como salón de baile y ruido. El previo al concierto fue el performance de un activista español que intentó hacer una ponencia sobre el movimiento de los indignados en España, que -justamente- indignados estarían al ver el caos con el que el tipo echó su rollo acompañándose de presentaciones de pagüerpoint. Primero eso y luego un concierto de los Puerquerama, vaya sainete “político”.
(Paréntesis: El happening “político” de esa noche dejó a uno de nosotros -no diremos quién- con una duda taladrándole la cabeza: ¿pueden en realidad las bandas de rock determinar la toma de posturas políticas de quienes las escuchan? … Uf, esta pregunta existencial no la responderemos aquí, porque aquí estamos ensalsando lo que hace una banda de rock del tercer mundo en el primero, y no dudando de la esencia misma de dicha banda. En fin, el tópico queda pendiente para un futuro que no existe… Fin del paréntesis)
Al final, con todo el rollo existencial que nos pudo haber removido esa experiencia en Zürich, la tocada estuvo buena. Sonamos duro. Parecíamos banda de rock de a deveras. La gente se prendió y aplaudió. Nos pidieron otra. Sin embargo, el concierto se tuvo que suspender porque irrumpió un rumor como comezón: Tenemos que parar el ruido porque se está acercando la policía. Fin de la función.
A la gente le gustó. Una rubia, con carita de nunca le dirás que no, nos dijo:
-Die band ist sehr laut, aber sehr gut (La banda es muy ruidosa, pero muy buena).
-Lo que usted diga señorita. Si quiere le ponemos casa. Y, si quiere, aquí en esta comuna para no sacarla de su hábitat natural de linda chica de ojos azules.
Así le respondió alguno de nosotros (no diremos quién) en español.
La rubia respondió con una sonrisa que, hasta el momento, no sabemos si era un sí o un no.
Datos divertidos de la noche:
a) Un tambo de basura había sido adaptado para darle forma al bombo de la batería, sonaba infame pero contundente.
b) El cuate que la hizo como inge de sonido es un italiano que tiene una cicatriz en el brazo. Es baterista de una banda hardcore que se llama Homosadicus y en sus conciertos hacen un performance extremo del cual dan testimonio diversos registros audiovisuales en el yutub. Nuestro cuate, el bataco, sale a tocar con un casco de soldado en la cabeza y el cantante de la banda hace el resto, pasándole por encima una sierra eléctrica. Desafortunadamente, en alguna ocasión el cálculo falló, la sierra resbaló y vino la cicatriz… Estos sí son guerreros de la música y no mamadas.
Muchas cosas que contar sobre ésta y las otras noches, pero habría que seguir en el camino. La cosa estaba bien y amenazaba con ponerse mejor.













Felicidades carnales!!!!
me da gusto leer sus aventuras y confirmar que donde suenen les va chido, ojala pronto nos veamos!
Saludos
Pepis